sábado, 1 de octubre de 2011

Diálogos: entre sonidos e imágenes en movimiento.


- Tous les matines du monde

He visto, ayer noche, “Todas las mañanas del mundo”. Dejo a un lado los a veces complejos y complicados perfiles psicológicos de los cuatro personajes centrales. No comento mucho sobre la música porque el barroco (¿Corresponde a esa época? Creo que sí) me roba el alma (el entendimiento, o más bien lo condimenta o lo potencia, porque me hace pensar o sentir desde un esquema especial, no es una mezcla, no es una imbricación, es una red tupida y finamente entretejida; en este momento, mientras tecleo, escucho a la Bartolli interpretando a Vivaldi). -Me he contradicho, ya ahondé en lo que suponía iba a ser un comentario breve-. Tampoco hablo en extenso sobre la fotografía. En general muy buena. Me encantaron especialmente aquellas tomas del rostro del músico. Me sacaron un poco de lugar los paisajes mostrados uno en uno, con una cámara fija. Fueron de casas u otras construcciones. Tampoco hablaré de los textos de la traducción, que contienen más de dos errores ortográficos (como tampoco de mi necesidad de escuchar más francés porque muchas partes no pude traducirlas). También guardo mis comentarios sobre Depardieu y la chica con la que se casa. Él generalmente me ha gustado mucho como actor, desde el excelente Cyrano, pasando por una poco conocida que trata de una relación extraña entre dos adulos que renuncian a una mujer pero viven con ella cuando ella decide vivir con un niño como su pareja. Y no comento mucho sobre la hermana mayor que además de agradarme como actriz es para mí muy bella. Lo que quisiera comentar, eso sí, es el tema que se inserta en varias escenas y que intenta explorar una pregunta: ¿qué es el arte? ¿por qué o cómo puede haber arte sin artista o artista sin arte como hay música sin músico o músico sin música?

La música no es ni para Dios, ni para el amor, ni para el alma...

No lo entiendo. Se me ocurre que podría preguntar en voz baja pero con los dedos firmes. ¿Será que el músico es él (o ella)? La música no tiene sentido que sea para Dios: ¿para qué la querría él? Si es Dios, tiene todo. ¿Para el amor? Depende: ¿qué es el amor si no hay alguien que ama y –pero tal vez- alguien que es amado? El amor no existe sin los que aman -¿diría lo mismo Sabines?-. ¿El alma? ¿Qué es eso? Finalmente no tenemos un cuerpo y un alma, sino que somos un cuerpo. Sin él, ¿dónde queda eso que llamamos “alma”? La música es para el músico o la música es con el músico (aunque esto se ha roto con la reproducción grabada de sonidos).

- Quest for fire
¡Wow! (O “guau”. No sé cómo deba escribirse.) ¡¡Qué cosa me ha prestado!!... Me encantó. De veras que sí. Todo me resultó tan sorprendente como maravilloso: cada gesto, cada palabra incomprensible, cada situación, cada paisaje...


¿Sabe?... Me resulta sumamente placentero y fascinante conocer y contrastar diferentes tipos de manifestaciones culturales. Así que ver en esta película las (posibles, supuestas) diferencias culturales entre un grupo de neandertales y otro de homo sapiens, y a ellos compararlos con nosotros (nuestro tiempo y entorno) fue padrisisisisísimo. Infinitas gracias. Francamente, como que no me sorprende pensar que nuestros ancestros pudieran haber tenido el cráneo diferente, ni que hayan estado llenos de pelos como changos. Pero, pensar que las primeras organizaciones de poder, o que las primeras guerras, o que las primeras excursiones, o que las primeras religiones, etc. tuvieran que ver con algo como el fuego, me pone los pelitos de punta. La música también me encantó. Por momentos parece Stravinsky o Shostakovich. Fíjese que en la prepa un maestro nos (medio...) "platicó" la película (bueno, tengo casi-casi la seguridad de que sí estaba hablando de Quest for fire), pero él no hizo hincapié en la posesión del fuego, sino, en la risa. Él insistía que los únicos que “conocían” y “poseían” la risa eran los homo sapiens. ¿Será?...

Debo señalarte que hay un músculo facial (risorius de santorini) exclusivo del ser humano (creo) y relacionado con la sonrisa pero también con la emisión del lenguaje hablado. Esto no quiere decir que otros animales no razonen ni que carezcan de emociones ligadas a la alegría. Pero la risa, como atributo humano, es eso. Por cierto, tengo en el tintero (ojalá tuviera un tintero pero no es así) una conferencia sobre la racionalidad humana. En ella pretendo hacer notar que la idea de racionalidad como exclusiva del ser humano es errónea. Muchos animales tienen rasgos que podrían caracterizarse de racionales. Algo muy distinto es que no puedan hablar. Regreso al tema. Una idea muy ligada a la gravedad y seriedad en asuntos divinos y humanos puede hallarse en El nombre de la rosa, la novela de Eco que, coincidentemente Jean J. Annaud llevó al cine (es el mismo director del film que comentamos). Claro, como en muchos casos la novela es superior a la película. Y en este caso no solamente por la imaginación que una impulsa y la otra guía, sino porque el final es parcialmente peliculesco en la película (sic).

- Arrieros somos
Nos gustó mucho. A mi papá le trajo muchos recuerdos, pues dos de sus tíos (uno de ellos, muy cercano a él desde su niñez), eran arrieros. Sobre todo, nos cayó muy en gracias el arriero-filósofo de la segunda parte.

Me trae recuerdo de lo que no viví y de lo que viví. Mi bisabuelo es el primero en ser nombrado en el documental. Julio Hernández, papá de los señores de La Delta. Por cierto, mi tío Julio, el señor regañón, cumple en mayo los 100 de haber nacido (no llegó: murió el tres de marzo).

La otra parte tiene que ver con mis recorridos de jovenzuelo en la sierra. Caminé por varios lugares y otros los recorrí un poco a caballo.

También me cayó en gracia ese arriero. Vive aún el señor. Sin embargo me parece que en esa segunda parte se empobreció el documental.

- Kandahar
La escena de los mutilados corriendo tras las prótesis que caen del cielo es patética. Y la escena donde pasan los rostros de las niñas con sus hermosísimos ojos, también lo es.

La película me cautivó, en ese sentido: cautivó. Desde la primera escena que luego se muestra para el entendimiento. Es una realidad que me subyuga, que la pienso y me duele. La traslado a lo que estamos viviendo y pienso en cuántos huérfanos por la violencia, cuántas vidas truncadas, cuántas muertes inútiles (esto último me hace sufrir mucho, me recuerda a mi hermano José y su muerte: una muerte inútil y torpe… y sus secuelas en mi sobrino).

- El río y la Muerte
A todos nos gustó. Final feliz; mensaje moralizador. La verdad, qué maravilla y qué privilegio que el Huachi antiguo haya quedado plasmado en una película de Buñuel, y sobretodo en día de plaza, pero... como que no venía a cuento. Mmmm...

Claro, la relación me parece forzada pero se la agradezco a Buñuel. El film es moralizador, lejos de las pretensiones buñuelescas. Ignoro por qué el lugar y la referencia pero lo agradezco. La reconstrucción del centro la he hecho mentalmente porque tengo muchas fotografías (¿viste la exposición que montamos en 2008?, fue una experiencia estupenda, maravillosa?).

¿Y nada que ver pero sabías que María Greever vivió en Huauchinango?

Oiga, dice el DVD que Columba Domínguez era de Sonora.

Pos habría que preguntarle a los Herrera, que parece son sus parientes.

Agrego.

Mi segundo acercamiento con Depardieu fue El conde de Montecristo, en la Casa de Cultura de Puebla con Dantó y luego con 1492. Lo prefiero en esas cintas que en otras.

“Vitus” me pareció una cinta entretenida, divertida. La historia me jala por muchas cosas: las condiciones de vida, las posibilidades de desarrollo, la presión de los papás, la complicidad con el abuelo, la forma de plantear las situaciones. El actor en la segunda etapa me pareció sensacional. La música me gustó. Pero con todo me lleva a pensar en todos los Vitus que no tienen esa herencia cultural, ese ambiente… en fin, que la disfruté.

Ayer noche vi “El escapulario”. Podría parecer una cinta intrascendente, una postal más del cine mexicano de oro. Pero no, hay tomas en que la película rompe con la gramática. Incluso con la gramática de Figueroa, que siendo buena fotografía se redujo a planos en el primer nivel. Incluye una animación (dibujos) que es cursi pero extrañamente rompe con el lenguaje y el ritmo. Y tiene dos o tres tomas -un close up en el rostro de Elizalde y un recorrido por la cara de soldados- que me parecieron muy expresivas. La vi porque en una escena se nota un parecido –precisamente de Elizalde- con mi hermano muerto

Los inútiles me trasportó por varias películas y emociones. Pensé en Mamma, una película italiana contemporánea a la de Fellini que muestra a otro “inútil” pero desde una perspectiva distinta y una situación diferente. También pensé en Los olvidados, de Buñuel. Reconocí actores de otros filmes de él. La condición de la mujer (la chica que gana el concurso, está embarazada, se casa, tiene el bebé, visita al suegro…) guarda similitud, en su condición de trágica resignación por el trato que se le da, similitud por esos saltos que van de la credulidad a la incredulidad y a la fatalidad de un destino irrenunciable y de ahí a los atisbos de emancipación con el personaje de La strada. La música, si no me equivoco, es del mismo autor de El padrino. La parte del coqueteo en el cine es osada, arriesgada desde el juego varonil. El conjunto de escenas del carnaval me resultaron deprimentes; recordé la novela de Durrell El cuarteto de Alejandría.

Gracias, fue una experiencia muy interesante. La vi hasta ayer porque fue cuando dejé (aunque improvisado) mi espacio para cine en el estudio (que ahora es una mezcla de biblioteca, o de varias “teca” y de salón de cantos y juegos).

Obsequié a Víctor Florencio con un disco de música barroca y tres o cuatro piezas de Mozart dedicada a los castrati. Lo he disfrutado enormemente. También regalé a Manuel Alejandro las versiones de Karajan de la 5ta y la 9na de Beethoven. De cada una le gusta el primer movimiento y el cuarto, respectivamente. Busqué la de Karl Böhm, que es un poco más emotiva que la de Karajan, pero no la hallé en las disquerías que visito o consulto. Escuchar ambas sinfonías completas de nuevo (después de varios años), me hizo llorar en algunas partes.

Por cierto, Manuel Alejandro visitó una casa de Neruda e irá el viernes o sábado a los Andes.


Lake tahoe.

Vi la película con dos advertencias. La recomendación de un crítico como una de las mejores películas mexicanas de los últimos años. Y como una de las películas más aburridas que había visto, comentario éste de mi hijo que es un cinéfilo con un gusto refinado sobre cine.

La película presenta una historia que, en algunos momentos, me recordó el texto de Cortázar sobre la autopista. Como una realidad de la que no puedas sustraerte, como algo que puedes evitar y que sin embargo te amarra, como si todas las situaciones fuesen forjando lazos inevitables.

El recurso a las partes en negro, a veces con sonido, genera expectativas. Hay una de estas escenas en negro que tarda más que las otras, está casi al final. Ahí es mayor la espera y la necesidad de saber qué pasará.

En cuanto a los personajes, pareciera que cada uno está en su mundo y que cada mundo es distante de los otros.

La película me gustó, aunque hubo partes en que la ansiedad me recorrió y, en otras, una suerte de pesar. La sensación de abandono en los ancianos y la niña, de vacuidad y mentira en la jovencita. Ritmos de vida distintos, muy distintos, entre cada personaje que, no obstante, compartían una misma historia entretejida de manera burda como sin sentido.

jueves, 15 de julio de 2010

Santo santo

Tagueda, dicen. ¿Quién es Tagueda? ¿Quién fue San Tagueda? Un recorrido rápido por el santoral no da cuenta de ella. Un estudio minucioso por las versiones más antiguas tampoco ofrece elementos para ubicarla. Solamente cuando uno atiende los sonidos, los capta por segmentos, descubre la rareza. San Tagueda no aparece entre los elegidos de la corte celestial porque Tagueda no existe. ¿Entonces? Hay quien oye expresiones dichas tan rápido, tan de corrido, que no logra separar bien las palabras. Si a eso se aúna su idea de que los santos son hombres o que la mayoría son hombres, el asunto queda claro. Hay santas y una de ellas es Águeda. Basta con decirlo bien, separando las palabras, y el nombre queda: Santa Águeda. Por cierto, a la santa hay quien la visita en busca de la diversión o la salud. Águeda, por un bochornoso empleo de la diéresis, se tergiversa y asocia con agua.

Hay quien va a visitar santos solamente para gritarles. Como La Bella que fue a Santiago de Compostela nomás a eso. Dice que no pudo hacer algo distinto, que al santo se le ve de espaldas, que no hay más por realizar. No pidió algo. Solamente gritó tres veces. Cuando le preguntaron qué había pedido ella pensó que si acaso no se va a ver a los santos solamente por verlos. ¿O siempre hay que pedirles algo? Pobres santos. De vez en cuando la gente debería ir a verlos, solo a eso, por el gusto de verlos, por el placer de sentir su presencia. Eso ya es mucho, dijo La Bella quien se negó a hacer fila para acercarse a la imagen.

Otros van a verlo por indulgencias. Dicen que el camino a Compostela, con sus posadas y sus descansos, va aportando para ganarlas. Hay quien hace el recorrido no por sí, sino por sus parientes o amigos. Pero hay otros que hacen el peregrinaje como mercenarios: ellos caminan y oran a nombre de otro, y ese otro les paga; así ambos salen ganando. ¿Pero el santo? ¿él qué gana?

Los santos, quién lo duda, duermen, descansan, sueñan, y si hacen todo eso entonces también deben ganar o perder… María Magdalena, en Xico, está recostada. Muestra su cuerpo, voluptuoso y hermoso. Así espera a los hombres que habrán de adularla llevándole vestidos –entre más lujosos, mejor- o, al menos, a los devotos que irán en procesión a visitarla. San Caralampio, en Tulancingo, espera a un lado de los mensajes hechos en la pared. Con su barba puntiaguda y los ojos extraviados –que recuerdan al santo de Cantinflas- espera que vayan más devotos a escribirle mensajes sobre cal y pintura. Ahora son pocos los que portan lápices y le escribe. Además, San Caralampio ha sido una víctima más de las telecomunicaciones pues no recibe sms.

Y en esto de ser avasallados por la modernidad, ahora hay una nueva clasificación: santos existentes y santos que no existen. Como San Jorge, a quien se aplica un modus tollendo tollens implacable que lo ha borrado del santoral con todo y su armadura y caballo: San Jorge exterminaba con su lanza a los dragones. Pero los dragones no existen. Ergo, San Jorge no existió.

Pero hay otros que forman una simbiosis especial. El santo Niño de Atocha. La confusión, falta de un conocimiento geográfico tal vez, ha provocado que hasta la fecha no quede claro si el niño fue convertido en santo o si el niño era el Niño. Porque el Niño Jesús de Santa María de Atocha es el mismo que el Santo Niño de Atocha. Y el Niño es niño aunque está ornamentado como adulto. El de Plateros es el famoso. Pero hay otro, ahora reguardado por una anciana de 85 años que vive en Huauchinango. A veces lo voy a ver. Y lo hago no por pedirle algo. Lo visito por el simple gusto de verlo. No quiero importunarlo. Descansa desde hace casi setenta años en el olvido o la ignorancia de la gente. Antes era muy solicitado. Ojos, piernas, brazos, puercos, gallinas y caballos de latón, bronce o plata dan cuenta de los múltiples milagros que hizo. Así que debió estar muy ocupado. Pero yo no, yo no voy a pedirle algo, como La Bella con Santiago.

Postscriptum. Me dicen que en Santiago no hay imagen de San Tiago, San Yago, San Diego... como se le llame.

lunes, 29 de marzo de 2010

Compartiendo


Hay quien ha escrito en la wikipedia que el verbo compartir se refiere a disfrutar en común –es decir, al menos entre dos personas-. ¿Qué se comparte? Un recurso o un espacio. Si es un recurso, el objeto de la compartición se convierte en un medio, tal vez para satisfacer una necesidad, quizá para cumplir un deseo.

Entendido en un sentido estricto, el verbo hace referencia al disfrute simultáneo o al uso alternativo de un bien finito. Y el uso es alternativo cuando no solamente yo lo disfruto, sino que hay otro, alguien más. Así, ¿tú y yo compartimos un texto?

Pero a lo anterior es necesario agregar otra pregunta: ¿es un texto un bien finito? Tal vez sí, pero no finito en el sentido que el verbo compartir contiene. Un texto se inicia y se acaba. En ese sentido tiene límites, es finito. Pero un texto podremos leerlo una y otra y otra vez, en solitario o a dos, tres, cuatro o más voces, y el texto no fenece. Puede un letrero estar a la vista de un millón de lectores al mismo tiempo, y ese texto no se acaba. Pero entonces la duda me hace zozobrar: ¿puede un texto ser compartido? ¿dónde está su finitud?

Líneas abajo, el autor o autora del artículo continúa ofreciendo otro sentido. Compartir, dice, juega un rol en la economía del don, donde lo que importa no es la ganancia de quien comparte con otro (aunque esta ganancia vaya incluida en el solo hecho de compartir). Y si se comparte en la economía del don, en la del mercado también. ¿Experimentan quienes comparten un disfrute en ambos casos? Sí, sería muy difícil pensar en que al compartir no haya una retribución. Ésta puede ser porque se ha alcanzado una meta, o porque se ha hecho la tarea para alcanzarla aunque no se haya conseguido, o porque se ha procedido en acuerdo con un principio de vida o un ideal. En cualquier caso o se cumple un deseo o se satisface una necesidad, aunque ésta sea la de darle sentido a la propia existencia mediante los actos que uno realiza.




Juzga, pues, si estas tres imágenes contienen o no actos de compartir. Y, claro, en el acto de compartir que supone escribir este texto, por el solo hecho de escribirlo, estoy experimentando un disfrute, aunque nadie, excepto yo, vaya a leerlo.

martes, 16 de marzo de 2010



Los sábados en Huauchinango son días propicios para las imágenes y personajes invisibles. Estampas que no se pueden hallar en otros días. Es algo de lo incontable que se perdió con la extinción del tianguis. Por eso hay que estar atento, avizorando. Uno acecha al paso, entre cada paso y zancada. A veces uno va solo. Otras veces uno va en compañía y entonces son dos los pares de ojos que ven, que atienden, que acechan, que encuentran.Los sábados en Huauchinango son días propicios para las imágenes y personajes invisibles. Estampas que no se pueden hallar en otros días. Es algo de lo incontable que se perdió con la extinción del tianguis. Por eso hay que estar atento, avizorando. Uno acecha al paso, entre cada paso y zancada. A veces uno va solo. Otras veces uno va en compañía y entonces son dos los pares de ojos que ven, que atienden, que acechan, que encuentran.


A veces uno encuentra alguien que también está buscando; que busca en el cielo, en la parte de su cuerpo que está más cercana al suelo o en ese universo desbordado que se llama papel.


lunes, 15 de marzo de 2010

No puedes

No puedes imaginar cómo me siento. No, no puedes, por más que lo intentes. Y no dudo de ti. Por ésta que no. Es que necesitarías estar en mi lugar para sentirlo. No se trata nada más de que sientas lo que yo siento. Se trata de más; de que pases por lo que yo pasé. Porque una sensación como ésta no llega de golpe y porrazo. No es… ¿cómo decirlo…? instantánea. Hay por lo menos un ratito para que te des cuenta de lo que te está pasando… ¿O no? No, más bien no, creo que no; hay a quienes les llega sin saberlo. Pero no fue así conmigo. Tuve tiempo para darme cuenta. ¿Cómo te pasará a ti? Pues quién sabe. Pero, de todos modos, quién sabe si puedas imaginarlo. Y sigo pensando que no. ¡Qué vas a poder! Y no es cuestión de ganas, lo repito. Aunque sí, a lo mejor necesitarías tener ganas. Porque se necesita tener ganas. Pero esto es algo de lo que pocos tienen ganas de tener ganas. ¿Pero será necesario? Bueno, ponle que tuvieras ganas, que dijeras “tengo ganas”. ¿Seguirías con ánimo viendo que va en serio? Yo creo que no. ¡Qué vas a animarte! Porque esto es algo serio, y es definitivo. No hay vuelta atrás. Cuando pasa, ya pasó. Sí, pasa y pasó. Nada de andar con retornos. Así que no creo ni que tengas ganas ni que te animes. ¿O sí? Digo que no... Pero, órale: vamos a suponer que tuvieras las ganas y que te animaras, aun así no podrías sentir lo que yo siento. Dicen que cada cabeza es un mundo. Puede que sí. Pero también cada piel es un mundo y cada montón de tripas es un mundo. ¿Sentirías lo que yo siento? Insisto en que no. ¡Qué vas a sentir lo que yo siento lo que sentí para llegar a esto! Porque yo siento pero gracias a algo especial. No sé porqué o de dónde vendrá que pueda sentir esto, pero yo creo que otros nada más no, no pueden sentirlo como yo. (Aunque ha de llegar un momento para todos en que sí. Ahora que lo pienso un rato, puede que sí). Pero de todos modos no creo que tú puedas sentir igual, vamos, ni siquiera que puedas imaginar lo que yo siento. Pero para que no pienses que me creo lo máximo, órale: vamos a suponer que tienes ganas, que te animas y que sientes lo que yo siento. Pues con todo y eso no va a ser igual. ¡Qué va a ser igual! ¿Me oyes? Claro. ¿Me ves? A fuerza. ¿Lo ves? Pero mírame bien. Ahora piénsalo, piénsalo. ¡Cómo canijos vas a sentirlo! ¡Cómo carajos vas a imaginarlo! Dime cómo. ¿A poco eres un fiambre como yo?

jueves, 11 de marzo de 2010


La primera película que vi de Luis Buñuel fue Los olvidados. Aunque debo aclarar que fue la primera cinta de él que vi sabiendo quién era el director. Tenía 18 años cuando asistí a la Casa de Cultura de Puebla. Fue en su cineteca donde la proyectaron. El film me impactó. Y ha sido de las influencias que perduran en mi memoria, que me hicieron comprender y sentir la vida de un modo distinto.

Pasó el tiempo y hallé la película en un paquete de tres cintas en formato VHS. Contenía: El río y la muerte, El gran calavera y, por supuesto, Los olvidados. Lo adquirí.

Mi segundo contacto con Buñuel fue también en esa década. Hubo una exposición de libros y me topé con La Gaceta, un medio de información del FCE. Entre las varias cosas que llamaron mi atención destaco dos.

Uno de los artículos discurría sobre las diferencias en las escalas de tiempo. Mediante una gráfica comparaba el tiempo del Universo y el tiempo humano. El primero se representaba por un año de 365 días. La gráfica iba recorriendo ese año y mostraba en qué mes surgía la vida, los primeros organismos pluricelulares, los primeros vertebrados… y así, para arribar a la aparición del ser humano. Éste apareció casi al finalizar el último minuto del último día del año. Así de efímeros somos, diría el Principito.

El otro era una viñeta o un recuadro. Daba cuenta de una pregunta que hicieron a Buñuel. La pregunta por sí misma era interesante, mucho, y no dejaba que el lector se fuera sin saber la respuesta. “Si por alguna situación todos los libros fueran a desaparecer y sólo pudiera conservar uno, ¿cuál elegiría?”. Una respuesta inmediata podría ser la Biblia…, pero la lista se antoja difícil, muy difícil de elaborar. La contestación de Buñuel me dejó tan intrigado como a más de otro lector: La vida maravillosa de los insectos de J. Henri Fabré.

Tiempo después, en una de esas exposiciones que organizaban en el Pasaje Zócalo-Pino Suárez, me topé con el libro. No es una edición que contenga todos los textos que Fabré escribió para reunirlos bajo ese título, pero los que contiene dan una excelente oportunidad para entender el porqué de la elección buñueleana. Hace tres años aún podía conseguirse ejemplares de la obra. Había que pagar la exorbitante cantidad de 35 pesos.

En octubre de 2008 por fin vi una parte de El perro andaluz. Fue en la exposición de Universum: ciencia y arte que se presentó en Huauchinango dentro del Festival de arte, ciencia, tecnología y desarrollo sustentable. Ver la escena en la soledad de la poca concurrida exposición fue un agasajo. Y más: entender el proceso de la imagen sugerida como recurso o elemento cinematográfico. Hizo que recordara con fruición aquella idea de que la buena literatura como el buen cine, son producto de un ejercicio de aguda introspección y observación.

Pero regreso al paquete de tres cintas VHS. Después de que junto con mis hijos y mi esposa vi El gran calavera, me fui a dormir mientras ellos se dispusieron a ver la otra película. Yo estaba entre la vigilia y el sueño cuando los cuatro exclamaron casi a coro: ¡Es Huauchinango! En efecto, sorpresas que da la vida: Buñuel estuvo en Huauchinango. Filmó una escena que dura menos de dos minutos. La película data del primer lustro de los 50. Es la introducción de la película y muestra una escena sabatina, de tianguis, cuando éste se realizaba en la plaza central. Regala imágenes ya idas, para el recuerdo o para el conocimiento. Por ejemplo, aparece la vestimenta de manta, el uso generalizado del sombrero y del cotón.

Recientemente he tenido la oportunidad de ver Nazarín. Es una película especial en varios sentidos: las actuaciones, la fotografía, la ambientación y el guión como adaptación de una novela. Este film, como muchos otros (Hamlet de Laurence Olivier, o más reciente y cercana a México Como agua para chocolate de Laura Esquivel) no presenta una disyunción en la que uno deba inclinarse por el libro demeritando la película o por ésta ya que el libro ha sido rebasado. Nazarín, el Nazarín de Buñuel, se ve y escucha tan bien como se lee el Nazarín de Benito Pérez Galdós. Valga decir que la novela recién la he comprado. Fue en un lote de libros que pusieron a la venta en la calle Matamoros. Empastado, con líneas doradas, forrado con plástico y muy bien conservado, me costó cinco pesos.

Y la cinta se enrolla. Benito Pérez Galdós fue uno de los primeros autores que me acompañaron con cierta conciencia de mi parte. Cinco años antes de cumplir los 18, cuando transitaba por la secundaria, leí Marianela.

lunes, 1 de marzo de 2010

La otra feria







La feria.

¡La feria!

La feria...

¿La feria?

¿Es la misma para todos? No: es la feria y las otras ferias.

¿Qué acapara la atención en el Huauchinango de estos días? Los juegos mecánicos, las procesiones, la alfombra de flores y aserrín, los conciertos y desconciertos... eso es la feria, ¿para todos?

Hay quien se afana por vender cacahuates. Así y sólo así tendrá para dar de comer a sus dos hijos.

Mientras, para ellos, para los otros hijos, para los hijos de otros, ¿qué es la feria?

Sí, la feria. ¡La feria! La feria... ¿La feria? Las muchas ferias.













Y acaba... y pasan los días... ¿hubo feria para todos?