lunes, 10 de diciembre de 2012

Una visita a Manuel M. Ponce

Es como entrar a su casa. No, es como entrar a un bazar donde hallas parte de lo que hizo. No, es como entrar a parte de su intimidad. Encuentras lo que él hizo, y lo que hicieron con lo que él realizó.

Ahí están los tipos como se emplearon en la imprenta. Un ejemplar de "Granada".
Pero también puedes ingresar a su comedor. Ahí imaginas las charlas durante la comida, las sobremesas. 

Era un estilo sobrio pero elegante.

Me impacta pensar que todo está recreado casi en detalle. Incluso las lámparas están en el techo, las pantallas.


Este lienzo es enorme, enorme en dos sentidos, en su dimensión. Y, de otra manera, por todas las amistades y afinidades que fueron estampando su firma. 

Es como tener en un pedazo de tela las piezas de los que entretejieron con su música las ideas, las cuitas, temores, fantasías, confabulaciones, protestas, lamentos... del siglo XX.









De regreso a su comedor.
Y el ingreso a sus detalles personales. La silla, el sombrero, las corbatas, los pañuelos. Es para imaginarlo.

Su máquina de escribir. ¿Cuántas ideas habrán quedado fijas, listas a compartirse gracias a este artefacto? La máquina me recuerda a muchos que escribieron en "su" máquina. Es como una fábrica de ideas, o como un campo de cultivo. La máquina es pues a las palabras lo que las instrumentos a los sonidos. Y la barra espaciadora va marcando los silencios. La máquina percute las palabras como antes se grababan en la piedra, en la madera.








¿El lugar de la creación? ¿El lugar del ejercicio de imaginación, de esa actividad que permite pasar de unos pocos sonidos (12) a un universo inagotable? 


Dos grandes lo acompañaban. 

¿Hay modelos a seguir? Sí, los hay. ¿Pero qué seguir de cada quien?




Antes de entrar a ese recinto están las voces cantando "Estrellita". O el piano interpretando "Malgré tout" y el inmortal "Intermezzo".

Es un rincón para el éxtasis.

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