domingo, 16 de junio de 2013

Si tuviera un hijo...



Es común que digamos: “si hubiera…”. Y soltamos esa frase cuando el tiempo simplemente ya se fue. Pero el tiempo fluye y fluye, es decir, todo tiempo se va, inevitable y continuamente. Como la frase resulta imprecisa, sería mejor decir “la oportunidad ya se fue”. Ése es mi caso. He perdido la oportunidad de hacerlo cuando debía. En el momento oportuno, como dicen muchos. Ahora, ¿qué me resta? Jugar con el tiempo, imaginarlo y decir “si tuviera un hijo”.

Además, estoy a destiempo porque estas líneas saldrán en épocas que aún no son las comerciales de felicitar a los papás, y el día de las mamás ya pasó. Por eso, de nuevo, decir “si tuviera un hijo” me coloca fuera de tiempo.

Sin embargo, tengo la imperiosa necesidad de decir que si tuviera un hijo… y después de decirlo imaginar lo que podría hacer en tal caso. Bueno, pero basta, para que el tiempo no fluya más, se vaya, yo pierda la oportunidad y luego tenga que decir “si lo hubiera dicho”, expongo a destiempo lo que haría si tuviera frente a mí un hijo pequeño.

Si tuviera un hijo, lo mandaría a la escuela por una sola razón: para que aprendiera a escribir.

Para que aprendiera que hay mayúsculas, y que éstas sirven a cualquiera para dar comienzo, para iniciar.

 También para que aprendiera a poner comas, porque son las que dan ritmo al mundo.

Para que aprendiera a escribir la ‘o’, porque con ella se crean alternativas y se puede pensar las cosas de un modo diferente, distinto.

Que aprendiera a escribir la ‘y’, porque con ella se puede pensar en hacer algo juntos y en acompañarse.

Para que aprendiera a poner puntos y seguido, porque con ellos se puede enlazar ideas, y cambiar de ideas hablando de lo mismo.

Y que aprendiera los signos de interrogación. Para que los empleara cada mañana, y al amanecer fuera como el niño que pregunta y se pregunta.

También para que aprendiera los signos de admiración y al llegar la noche se durmiera como si fuera un viejo, exclamando: “¡Cuántas cosas me he preguntado hoy, cuántas he aprendido, cuántas experiencias he tenido!”.

Lo enviaría a la escuela para que aprendiera que hay puntos suspensivos, porque cuando se piensa que se ha concluido hay aún tantas cosas por hacer…

Para que aprendiera que están los dos puntos y con ellos enumerara sus esperanzas, sus sueños, emociones y trabajos.

Si tuviera un hijo, lo enviaría a la escuela por una sola razón: para que aprendiera a escribir “no” y “sí”. Para que con ambas pudiera ser libre y expresar “no” a lo que esclaviza y “sí” a lo que emancipa.

También para que aprendiera a usar las comillas, y reconociera que sus ideas se nutren de lo que otros dijeron y que él sólo ha recuperado.

Lo enviaría a la escuela para que aprendiera a pedir razones con un “por qué” y a responder por sus actos con un “porque” y hablar de sus razones con un “porqué”.


Si tuviera un hijo, insisto, buscaría que fuera a la escuela por una sola razón: para que aprendiera a escribir, solo para eso. Para que aprendiera que hay un punto y aparte que marca momentos de la vida. Y para que aprendiera que todo termina, que todo acaba, que hay un punto final. 

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