lunes, 30 de julio de 2012

De mujeres y maravillas

Era 1930. Varios años antes y otros tantos después, muchas mujeres de Huauchinango escondían el rostro. Sus miradas se perdían en ellas mismas, cubiertas como estaban por un rebozo. Y para más encerraban rebozo y rostro entre paredes de adobe y puertas de madera que estaban cubiertas de una lluvia casi eterna. En penumbras o alumbradas con el fogón de la cocina, el candil o las velas, cuidaban sus trenzas, sus rostros y ojos de miradas extrañas.

No era así con todas. Había otras: mujeres que se habían despojado de trenzas, que no guardaban su mirada ni su rostro. Tenían que lucir maquillaje, su pelo corto y ensortijado. Ellas no cuidaban su presencia de los arribeños. Alumbraban, si podían, su presencia con bombillas eléctricas. Se mostraban, aunque discretas, a los de fuera. Más si eran guapos, más si lucían un buen caballo, y mucho más si eran adinerados o auguraban un futuro cómodo.

Pero había otras: entre tanta penumbra de adentro y neblina por  fuera se habían marchitado. Entradas en años sabían de amores pero más de desamores. Por eso cuidaban a las jóvenes casaderas. La mujer crece y sufre. O bien casada o bien quedada. Los hombres de ahora no son como los de antes. Ya no hay respeto ni orden. Razones sobraban para el resguardo.

Los fuereños, entre ellos los de Zacatlán, venían y no veían. Buscaban mujeres para mirarlas al menos tras el rebozo. No las hallaban. Las viejas, atrincheradas en refranes, costumbres y temores, las mantenían a salvo de tentaciones, de quimeras y de los desvaríos que el enamoramiento produce.

Cuando partían los de Zacatlán con las pupilas vacías de mujer, el ánimo en desasosiego e insatisfecho el deseo, echaban habladas. Eran palabras que salían rimando mientras sus monturas caracoleaban. Los cascos se oían sobre las piedras y se confundían con su voz. Entre flores de colores de tantas matas de maravilla, como era entonces la parte suroriente del pueblo ya nombrado ciudad, se perdían los jinetes con su manga de hule, su sombrero y su grito.

¡Adiós Huauchinango hermoso
rodeado de maravillas!
¡Adiós, muchachas bonitas!
¡Adiós, viejas amarillas! 





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