miércoles, 6 de enero de 2010

En Día de Reyes

Con ánimo de escribir, animado a escribir por esta vez, a/para ti: a escribir-te.

¿Soliloquio es lo mismo que monólogo? No: puedo estar solo, hablar solo y, sin embargo, entablar un diálogo conmigo. En el diálogo -crítico- hay un cambio. Quienes hemos dialogado no podemos seguir creyendo o sosteniendo lo mismo que sosteníamos o creíamos de entrada. Ambos dialogantes debemos haber cambiado en algo.
¿Será posible dialogar cuando no hay otro –físicamente- con quien hablar? Sí: puedo criticar mis pensamientos, entablar un soliloquio a dos voces, encarnando a dos sujetos. Eso es diferente a un monólogo a dos voces o a un monólogo a coro.

¿Qué hago en los soliloquios, sean diálogos o no? Pienso, te pienso, me pienso, pienso en ellos, los pienso, pienso en nos. Y tú, y él y ella (que son ellos), también piensan soliloquialmente en mí. ¿Te das cuenta? Nos pensamos. ¿Es reciprocidad, coincidencia u ocurrencia? A veces es reciprocidad (como si fuera una obligación, un compromiso, una responsabilidad), otras es una coincidencia en que “nos ponemos a pensar” (¿”Zeitgeist” dirían los alemanes?) y otras, muchas otras, es una ocurrencia: simplemente pensamos unos en otros sin que haya conexión alguna en este hecho de pensar -excepto, reitero, en que nos pensamos-.

¿Por dónde andamos? ¿Por dónde andas? ¿Son nuestros pasos al mismo ritmo? ¿Se orientan hacia el mismo destino? ¿Los paisajes por los que transitamos son imágenes compartidas? ¿Caminaremos, tarde o temprano, por las mismas sendas? ¿Y por qué las preguntas, por qué esas preguntas? Será que buscamos la coincidencia en el espacio para que esto mitigue las no-coincidencias en el tiempo? ¿Tendrá caso vivir en el mismo tiempo y no encontrarse? No, por eso la frase que he tomado y reconstruido de Rayuela de Cortázar: “porque andamos sin buscarnos pero sabiendo que andamos para encontrarnos”.

¿Y mis planes? He querido escribirlos porque varios de ellos necesitan de ti, de él, de ella, de ellos, de nosotros para poder deambular del plan a la construcción. Mis planes no son diez (¿número que atrae a los seres humanos por tener diez dedos?). No son dos (como Ometeotl), no son tres (como los García, las carabelas, las diosas de Paris, la S Trinidad, las virtudes teologales, los mosqueteros). No son siete ni siete veces 7, ni 70 veces 7. No son el 69 de los encuentros o el 96 de los desencuentros o posteriores a los 69. No son 666 planes ni 13. No son cincuenta pero sí sin-cuenta. Confieso, pues: no los he contado. Cuando termine de escribirlos sabré cuántos son. Pero sólo entonces, aunque es factible que para ese momento haya más o ya sean menos. Pero lo que sí puedo afirmar es que anhelo que mis planes sean como la pintura del cangrejo que trazó Chuang Tzu.

El primero de mis proyectos, que ahora está siendo inyecto, es escribir, continuar escribiendo. En un soliloquio o en una locución-acompañamiento, tratando de que sea un diálogo aunque a veces será un monólogo, en el que lo reinante sea el solo hecho de paladear las palabras, de acariciarlas, y entonces escribir-hablar en voz alta-baja, en silencios o a gritos para nadie en especial, para mí, o lo haré para ti, para él, para ella, para todos –y en ellos estamos nosotros-.
¿Recordaré lo que escribo? ¿Recuerdo lo que escribo? ¿Imagino lo que generan, lo que producen mis escritos? El recuerdo permanece. El recuerdo se transforma. ¿En qué? En dolor, en sueño, en quimera, en deseo, en cuita, en alegría, en perspectiva, y regresa a ser recuerdo. Así, recuerdo que recordamos. Aunque prefiero decir que a pesar de todo, pienso en ti -en él y ella, en nosotros- y te pienso cuando me pienso.

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