lunes, 18 de enero de 2010

¿Qué tal?

¿Qué tal Victor?

Sí tal… aunque la pregunta no me suena. ¿Me preguntas a mí qué tal? Yo me pregunto, ¿qué tal qué? ¿O estás preguntándole a alguien (llamémosle “v” para que sea una variable cercana fonéticamente con el inicio de “Víctor”) acerca de Víctor? Por si es la primera opción, que es la única que podría responder… No, pensándolo bien de igual manera puedo responder la segunda poniéndome en el lugar de otra persona y contestando de mí como si no fuera yo.

¿Qué haces últimamente?

Como se dice en una derivación del ná’uatl: un titipuchal de cosas. La más próxima y la más impresionante ha sido arreglar mi biblio-hemero-copi-madreteca. No me gustaba la distribución de dos libreros y cómo se veía otro. La gripe no me daba para salir y sentir el Sol frioso o el frío soleado de ayer (y hoy), de modo que me decidí a cambiarle look a mi cubil-madriguera-templo-refugio-taller-mundo-escritorio. ¡Qué de cosas! Los libros de mis hijos de la primaria, lo que ellos leyeron y rayaron y escribieron… vi de todo, de lo empastado con nombre y grupo hasta lo que ha permanecido no obstante el tipo de uso y de trato que le dieron. Pasé por sus libros y trabajos de la secundaria y del bachillerato. Ordené las tesis, tanto de ellos como de otros que me las han regalado y otros más a quienes he asesorado. Clasifiqué textos, los que están físicamente ordenables: un estante para filosofía y psicología. Especialmente un apartado para lógica y argumentación, otro para filosofía de la ciencia, otro más para historia de la filosofía; en una parte quedaron únicamente de Editorial Alianza. Otro ha sido para divulgación de la ciencia y la tecnología y otro más para historia del mundo (no sé porqué le llaman “universal”, ¿será mucha pretensión o un resabio de la mirada antropocéntrica de los medio ciegos humanos?). No podía terminar una sección y pasarme a la otra. Aunque anteriormente los tenía organizados y así los bajé, en el momento de subirlos tuve que reordenar y reconsiderar espacios, ubicación. Hay un espacio donde conservo los libros que compré en la prepa, de la colección “Sepan cuántos…”. Junto a ellos quedaron unos textos que me obsequiaron de la UPN-El caballito en 1988. En el apartado inferior hubo espacio para los libros que me regalaron cuando salí de la prepa: una historia del mundo antiguo de José Luis Martínez, los volúmenes sobre economía e historia de la economía, y un texto de Humboldt, y junto con estos obsequios varios de historia de México. No son textos generales, sino de la Cristiada, por ejemplo. El anaquel inferior siguiente quedó consagrado a Jean Piaget, que es parte de lo que queda de mi tesis de maestría. Fue una sensación curiosa recordar mi evolución: a mediados de la maestría me volví un piagetano convencido, pero a la mitad de mi tesis y más al finalizar, ya era más crítico de él que un convencido y andada por otros lares. Pero debo reconocer que el biólogo suizo me sirvió de plataforma tanto conceptualmente como en las habilidades que desarrollas al hacer un trabajo de esa índole. Pero regreso a mi multiteca, en el espacio superior de ese librero quedaron tesis (de las mías solamente conservo de licenciatura; la de maestría no sé dónde quedó pero se puede consultar en línea), una reedición de las lecturas clásicas para niños que publicó la SEP de Vasconcelos. Fue regresar a esas noches en que iba al cuarto de mis hijos y leía una narración, un poema para ellos. Después el beso de buena noche. Si con eso no conciliaban el sueño, se desataba una plática en torno a lo que habían escuchado o a la lectura “del otro día” o al chisme en boga. Junto a las tesis están los empastados de primer grado de cada hijo. En la parte inferior de ese librero quedaron los diccionarios: inglés, francés, ná’uatl, cocina, biomedicina, ciencias cognitivas, lingüística, retórica y poética. Ya con eso estaba medio ordenado el primer par de libreros. En el interín, Manuel Alejandro me auxilió en el reacomodo de los muebles. Los dos que acabo de describir quedaron a lo que ahora es mi izquierda. A la derecha quedó uno con la parte inferior para revistas (pero no caben, necesito más espacio), en el siguiente espacio están los libros de texto de mis hijos. Luego hay una revoltura ordenada de pedagogía, administración y literatura. Arriba, y para deleite de Rocío que gusta de la simetría y el orden, quedó la colección de Bruguera, en sus tomos empastados en café. Esa parte, debo decir, es como para que vengan a filmarme y quede atrás de mí, porque los demás son una mezcla heterogénea de colores y tamaños. Todos excepto el librero pequeño que también tiene libros empastados en café y verde, en el que hay algunos originales de los que editó Vasconcelos, varios libros antiguos, algunos adornos en metal y piedra. Entre ellos destacan el Quijote en su edición conmemorativa y dos figuras de él, una en metal y otra en madera (que luego he cambiado de lugar). Ésta segunda es una copia del dibujo de Picasso. En el cuarto espacio de este librero quedaron textos sobre historia regional de varios sitios, aunque predomina Huauchinango, Pahuatlán y la Huaxteca, además de algunos textos en que aparecen escritos míos. Hacia arriba sigue el espacio homogéneo. Y los dos espacios superiores, aún sin concluir, contendrán literatura y textos sobre arte (oh, acabo de darme cuenta de que debo mover algunos textos que se encuentran donde están las tesis). Los dos libreros que están a mis espaldas siguen sin tocarse. En ellos hay literatura, educación, textos sobre estudios sociales y una sección destinada a CTS. Ahí falta por llenar los espacios que quedaron por el movimiento de revistas.

Pero esto no concluye ahí. Para mover dos libreros tuve que extraer engargolados y paquetes en folder que debí depurar. Ahí encontré textos que consulté para la maestría, artículos, que me han obsequiado, que he llevado en cursos. Fue hacer un recorrido por parte de mi historia personal. Aunque en cierto momento me pregunté: ¿para qué guardo esto? ¿Quién lo leerá? ¿Me dará al vida para hacerlo? ¿Me alcanzará la vida para ello? (Algún material ha ido a un mejor destino: el reciclado). Ah, y en casi todo el recorrido me acompañaron Villazón, Bach, Vivaldi y otros.

Me aguardan tres cajas con material que ordenar. Atrás está los discos compactos a la espera de ser clasificados. Mi colección de tecolotes se mudó de mi siniestra a mi diestra pero aguardan otros objetos para ser reubicados o sacudidos. En el cuartito de atrás, que por ahora es una bodegua, han quedado las imágenes del Nacimiento y los adornos navideños y de la feria, más algunos reproductores de discos compatos. Falta por hacer pares con los calcetines y seleccionar los que todavía tiene compañero, resorte o no tienen agujero. Seleccioné algunos cuentos que fui hallando, lo hice para escanearlos y para mis estudiantes. Son cuentos de autores que no conozco pero también textos de exalumnos (entre ellos destacan ejemplares de Praxis, la revista que editábamos en 1990). Hallé dos o tres copias que me interesa leer de urgencia: un artículo de Morado y Beuchot, dos de Ginzburg… aunque está a la espera El viajero del siglo de Newman y los dos textos de Dyson (padre e hija). Eso sin hablar de los electrónicos (hay uno nuevo de CTS y educación). Ya tengo también listos los materiales que llevaré al Conservatorio, a la biblioteca del Centro de Maestros o a la Municipal y a la del CBTis.
Acabo de recordar que necesito trasplantar un durazno que está creciendo entre magueyes, en una maceta redonda. Y escribo qu eso hago últimamente.

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