martes, 11 de octubre de 2011

Madrastra insaciable

El 25 de julio de 1989 fue martes. Día soleado, aunque algunas nubes por el norte anunciaban lluvia vespertina. Una multitud se apretujaba en el portal Juárez viendo hacia la presidencia municipal. Había autobuses estacionados muy cerca del monumento a Benito Juárez. Alrededor de ellos y cercando la calle estaban policías armados. El despliegue de la fuerza pública impresionaba. Se desocupaba la cárcel y los presos eran trasladados al Cereso. Lo hicieron por tandas.

Al menos presencié dos veces el mismo movimiento. Cuando llegué a mi casa escribí algunas líneas a las que puse por título Madrastra insaciable. El 20 de julio de 2008 gracias a Rocío, mi esposa, encontré el texto que creía perdido. Estábamos buscando fotografías para la Línea del Tiempo. Ahora lo comparto en este encuentro por la historia. He respetado al máximo lo que escribí cuando tenía 28 años. Pero he sucumbido a la tentación de realizar modificaciones. Una última mención: leo esto (es julio de 2008) en el mismo lugar donde hasta hace 19 años estuvo la cárcel.

Tal vez el título de este texto no vaya bien; hay buenas madrastras o madrastras que son muy buenas. Pero la cárcel se convierte finalmente en eso para muchos. Los cobija, los guarda… y su apetito es insaciable.

Y la ciudad, la creciente ciudad de 128 años, vio morir al centenario monstruo.

Es mediodía. El sol cae a plomo sobre los árboles, bancas, adoquín. Hace que las baldosas se transfiguren en espejos. No respeta a las clases sociales, las edades, los vestidos. Del interior del palacio municipal van sacando piedras, fragmentos de losetas y adobes. Es espera de ser ocupados, descansan en la plaza cívica largos postes de madera. La gente que pasa por aquí se detiene ante lo inusual del acontecimiento. En un despliegue de fuerza la policía estatal, algunos de sus miembros poderosamente armados, ocupa gran parte del jardín.

La puerta se abre. Hoy sí podemos cantar que el Sol sale para todos. Entre sol y escombros van apareciendo los que conocen bien a los segundos y añoran al primero.

Al cumplir cien años la cárcel, madrastra insaciable, eructa en un obligado parto a sus hijos. Salen cargados de escombros, con el alma reducida a un montón de ruinas y la mirada herida por tanta luminosidad de un sol que les es ajeno, que les es prestado durante un efímero e inaprensible momento.

A la sombra de los árboles o de los portales asistimos a las exequias de la matrona que devoró ilusiones, anhelos, esperanzas. Somos morbosos unos, circunstanciales otros, testigos de una marcha fúnebre. Pero al contrario de la muerte que es un fin y ya, presenciamos una marcha hacia la agonía continuada, persistente, intransigente y despiadada, que es el castigo supremo de la incapacidad humana de convivir: los reclusos de Huauchinango son trasladados al Cereso.

Las columnas del vetusto edificio son obcecados testigos, antaño del ingreso, hoy de la salida. En los muros retumban las pisadas. Su fuerza se ha venido desvaneciendo tras cada tarde de aburrimiento y desesperanza marchando alrededor de la fuente que está en el patio de las cloacas a las que hoy dicen adiós. Después de tanto caminar sin tener a dónde ir ya no hay pisadas, sólo un simple arrastrar de pies. Pies que se han cubierto con el polvo del olvido, polvo que llegó de fuera y que, acusador, los ha vuelto pesados, que es lastre. Viviendo así, ¿para qué grilletes? Con la propia condición basta.

Van saliendo. Regularmente un policía lleva dos presos. Los conduce esposados. Caminan entre una valla uniformada. Los reclusos, por un instante libertos, cargan sus pertenencias en bolsas de plástico, una cobija enrollada, una caja de cartón, un costal para azúcar, pero hay quien lleva nada para enfrentar su nueva vida. A veces lo que se debe cargar es pesado, estorba, y la anemia se mete se mete en el bulto haciendo más dificultosa la marcha. Cuando eso pasa, tal vez el policía ayude al reo.

El traslado lleva un ritmo difícil de seguir. Los presos tratan de igualar su zancada a la de los uniformados. Pero se ha quedado corta porque de nada sirve larga donde no hay caminos qué seguir. Cuesta trabajo alcanzar el paso del custodio. Los reclusos se ven como muñecos frágiles que lleva un titiritero con casco y pistola.

Por un momento, cada preso vive una oportunidad que puede ser la única en su vida: que alguien le preste atención, que muchos se fijen en él, y que sienta que existe para alguien. Por un instante tiene el sentimiento de interesarle a varios, de ser importante.

Apostados en el jardín, arriba de Bancomer y a lo largo de la explanada, los policías dejan sentir el poder del estado. Nosotros, los civiles (que no es lo mismo que los civilizados), somos el espectador que ha nacido o asegurado el boleto de la libertad para disfrutar o calmar el ansia de compadecerse de alguien, de maldecirlo, de darle sentido a un momento de su vida –la nuestra- al paso de los que no le encuentran sentido.

Parte el autobús. Un leve contratiempo en la esquina. Dos patrullas adelante, dos atrás. La gente contenida en su deambular respira aliviada al no sentir la presencia del poder.

En efecto, como que a uno le quedan lejos las ganas de enfrentarse a un rostro inamovible, inexpresivo. A unos ojos que miran desde la profundidad del poder. A una voz que ni espera ni admite otra respuesta que no sea la que él manda.

Por un momento Huauchinango sigue su vida de ciudad de 128 años ya. Sólo algunos interesados continúan como barbas de lampiño, desperdigados por el jardín. Uno que otro policía se va a sentar frente al kiosco. Una pareja de jovencitos se abrazan, se besan, él baja la mano y le acaricia la rodilla, ella se aprieta hacia él. Se separan, se dicen o intentan decirse algo amoroso. Continúan sus caricias. En este espectáculo fueron los policías los que consiguieron boleto circunstancial y de palco, a dos o tres metros del escenario. En lugar de aplausos las risas suben de tono cuando la actriz se resiste a una caricia en un lugar prohibido.

El oficial que está arriba de Bancomer da la señal. Los uniformados ocupan nuevamente sus puestos. Los transeúntes se detienen y hacen camino a empujones para presenciar desde primera fila. Los de atrás se levantan de puntitas para ver.

La marcha se repite. A estas alturas, las presencias resultan similares. Rostros morenos que han tomado un tinte amarillento. Bigotes y patillas al estilo pueblerino. Dos calzones de manta rematados por dos camisas rosas. Un suéter sin mangas, pantalón de mezclilla y un sombrero a la Tunco Maclovio cubren un cuerpo joven. Sombreros, muchos sombreros. Un hombre con la parte derecha del cuerpo paralizada y la mirada extraviada motiva la exclamación “¡Con ese pobre ni vergüenza tienen!”. A otro lo lleva dos policías de a sillita, a un lado sus muletas. Hay quien dice en tono sarcástico “A ese de seguro se lo llevan esposado”. Pelo lacio, pantalón desgarrado a la altura de la rodilla, con veintitantos y las manos del custodio encima de su hombro, un joven es llevado al camión.

“Te aseguro que entre un 70 u 80 por ciento de los que van ahí son inocentes”, comenta un señor. Y como que a uno se le ocurre que sólo los pobres infringen la ley. ¿Dónde está el violador o el que sabemos que ha matado pero también tiene dinero o influencias, el que ha robado y lo sigue haciendo a sus agremiados, a sus gobernados? ¿Dónde está el que destruye los recursos naturales en una insaciable e irresponsable avaricia? ¿Acaso el delito sólo pertenece al pobre? La respuesta la da el momento: están junto a ti, paseando a la sombra de la impunidad.

A doscientos años de iniciada la Revolución Francesa los ciento veintiocho años de nuestra ciudad son el letrero que proclama “fraternidad, justicia e igualdad”. Hoy son 150 los condenados, 150 letras para escribir “libertad y justicia social”.

“Es de lo más triste tener un hijo en la cárcel”, dice una anciana de delantal. “Uno qué más quisiera. Pero hacen las cosas sin pensar y cuando se dan cuenta, ya qué pueden hacer”.

Unos jóvenes recargados en los teléfonos comentan en tono bullicioso: “¡Pasajeros con destino a Disneylandia...! ¡Mira, ahí va el Ismael…! Sí, y ya engoró, tú”. Unas jovencitas ríen, subidas en los asientos del jardín. Se venden helados y frituras. Frente a Casa Balcázar una pareja de recién casados se miran a los ojos, se acarician, mientras sus parientes toman fotos y platican.

El traslado concluye. Los policías suben a sus camiones, rumbo a Puebla. El último en partir lleva en el vidrio de atrás una calcomanía del Che Guevara.

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